Volando con guagua!

febrero 27, 2017

Mis experiencias por los aires. Buenas y no tan buenas.

Hace varios meses. Empezando la aventura!
Varias de ustedes me han escrito para que cuente cómo es volar con niños.
La verdad es que creo que no hay receta, no existen tips, ni listas de “cosas que llevar” que vayan a asegurarte un viaje más placentero. Cada niño es distinto. Cada mamá conoce a su hijo y las listas generales no se adecúan a todos. Pero lo que sí puedo hacer es contarles mis experiencias. Lucas tiene suerte, a su corta edad se ha subido a más de 20 aviones. Todo un viajero!

La primera vez que viajamos él tenía unos siete meses. Nos íbamos a Madrid, para que mi familia española conociera al nuevo miembro de la familia. Yo viajaba con mi hermana chica, que no es tan chica, y con Lucas. Después de revisar varias veces mi bolso de mano y echar todo lo que pudiera llegar a necesitar para el vuelo de casi 13 horas que nos esperaba. Ojalá me hubieran avisado a mí, o al resto de los pasajeros, las 13 horas del terror que serían.

Para empezar, en el counter me dicen que no tengo cuna. Cuna que había reservado, pedido y confirmado, unas tres veces antes. Incluso pagamos para reservar el asiento de al lado para que mi hermana pudiera ir sentada al lado mío (ya que te aseguran un solo asiento por cuna). Su respuesta fue que las cunas ya estaban designadas y que para reembolsar el pago del asiento reservado tenía que dirigirme a la oficina de la compañía en Madrid y presentar el reclamo. Bueno, yo no soy de hacerme problemas. Sí me gusta reclamar por lo que me corresponde, pero cuando veo que no voy a conseguir nada, mejor rendirse. Trece horas con Lucas encima no podía ser tan horrible.

Lucas lleva su propia mochila con autos y juguetes (y quiere facturarla)
Nos sentamos en los asientos asignados. El pediatra me había aconsejado llevar antiestamínico para que fuera más dormido. Yo, que quería ser súper natural no se lo di, pero sí lo metí al bolso por si acaso. También había leído sobre tés y hiervas que los tranquilizan, pero no les di mucha importancia.
El capitán empieza a dar las órdenes para cerrar puertas, por lo que le pido agua caliente a una azafata en la mamadera para hacerle la leche a Lucas. Abro la mochila y la leche no está, busco en los bolsillos y la leche en polvo no aparece. Hago memoria y veo todos los medidores de colores apoyados en la cocina de mi departamento. Lo veo nítido, como riéndose de mí. Veo todo y quiero llorar. Se me había quedado toda la leche y toda la comida para esas trece horas en mi departamento y el avión ya estaba en movimiento. Bueno, respiré hondo, y nuevamente pensé: “no puede ser tan horrible”.


Generalmente va encima mío, pero a veces tenemos suerte
No quiero exagerar, ni ser melodramática. Fue horrible. Lucas empezó a llorar en el minuto que despegamos y creo que lloró hasta que aterrizamos en Madrid, parando un par de veces para dormir.
En el despegue le di el agua tibia que me habían dado. Creo que esa era la primea vez que tomaba agua, pero me habían dicho que le diera líquido mientras despegábamos para que no se le taparan los oídos. Llevaba poco tiempo dándole colados y me había preocupado durante ese tiempo de que fueran los más sanos del mundo. Todo hecho por mí y de lo más natural. A estas alturas estaba dispuesta a darle lo que fuera.
Seguía llorando y mi hermana ya traspiraba frío mientras todos los pasajeros de al lado nos miraban con cara de odio. Le pedí que lo cuidara un segundo mientras yo iba a mendigar leche o lo que encontrara. Si estaban todas las cunas ocupadas, era porque había más guaguas de la edad a bordo.
Voy con mi mejor cara pidiendo leche, la mitad me contesta que todavía los amamantan ellas y la otra mitad me responde que la tienen justa. Enserio todas la tienen justa? Yo mientras llenaba los medidores, metí al menos dos de sobra por si llegaba a necesitarlo! Entiendo que sus hijos son prioridad, pero darle la última leche medio aguada y compartirme la mitad no lo veo tan terrible. En fin, me fue mal con mi colecta de leche. Camino de vuelta por los pasillos y mi hermana me tira una mirada asesina rogando ayuda. Paso de largo y voy hacia las azafatas. Les pregunto si tienen algo, no quería darle leche de vaca porque me habían dicho que le podía caer mal y el llanto más el vomito sí podía empeorar la situación. Les pedí que me dieran algo de las bandejas que pudiera transformar en puré. Me dijeron que no podía abrir las bandejas que eran de los pasajeros. Me fui con la mamadera llena de jugo de piña watts. Y me preguntaba enserio si había manera de hacer que la leche volviera a mí después de habérmela cortado un mes atrás.


Mi hermana me pasa a Lucas, se pone sus audífonos de música y la perdí hasta el final del viaje. Decidí recurrir al antihistamínico. Así que entre antihistamínico y jugo de piña me las fui arreglando. En algún minuto llegó la azafata con un picado. Estos purés de verduras que tienen cubitos sólidos. No sé si estaba en el avión o fue caridad de alguna mamá que no quería seguir escuchando el llanto. Lo transformé en puré con un tenedor plástico y al rato me llegó un colado de fruta. Bueno, la cosa iba mejorando.
Autos, lápices y stickers
Las horas no pasaban y se me hizo eterno. Me angustiaba saber que los pasajeros a nuestro lado tampoco podían dormir y me incomodaban sus miradas. Nadie me dijo nada. Agradezco que hayan sido tolerantes. Al bajarme del avión fui pidieron perdón,  y tampoco me dijeron nada.

Después de esa mala experiencia ahora viajo con comida de sobra para mí o para cualquier otra mamá olvidadiza. Llevo leches, poach de frutas, jugos y todo lo que Lucas quiera para mantenerlo entretenido, la diferencia es que ya puede comer de todo.

También he tenido experiencias buenas. Ahora todos los vuelos que hacemos los hacemos de noche o a la hora de la siesta si son vuelos cortos.
A veces son más caros, pero así vamos todos más tranquilos.
Como está más grande le llevamos sus autos, el iPad con todas las temporadas de Peppa Pig y Paw Patrol descargadas, cuadernos y lápices para pintar y su nueva adicción: libros de calcomanías que se pega por todo el cuerpo y cara. Sigue volando encima mío porque aún no cumple los dos años. Gracias a Dios los vuelos que hacemos aquí son cortos.

Sólo puedo aconsejar para las que viajen con sus niños que vayan equipadas. Cada una conoce las necesidades de sus hijos y los juguetes que lo entretienen. Más vale que sobre a que falte.

El iPad con monitos y juegos no falla!




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